El baño y la dignidad del proletariado con sueño

Si me preguntabas antes de haber trabajado por primera vez para qué estaban los baños en los lugares de trabajo, yo te hubiera respondido que para hacer pis y caca. ¡Cuán equivocada estaba!

El baño de las oficinas es TU lugar. Es un cubículo donde podes hacer tu pequeña revolución, donde te vestís de rojo, donde podes sentirte El Che Guevara sin motocicleta pero con aportes jubilatorios.

Cuando trabajaba en el Call Center, una vez fui al baño sin tener ganas de hacer nada que se tenga que hacer sí o sí en un baño, bajé la tapa del inodoro, me senté y me puse a llorar. No había pasado nada en particular, lloraba porque no quería estar ahí, tan simple (y complicado) como eso.

Entonces, lo empecé a usar como “lugar para llorar”, me cortaban una encuesta: iba al baño a llorar. Me retaba la supervisora: iba al baño a llorar. Me estaba por venir: iba al baño a llorar.

La verdad es que, trabajando 6 horas, no necesitaba ir al baño 3, 4 veces por día pero esa era más o menos mi frecuencia.

En otro trabajo, mis compañeros no eran los mejores compañeros del mundo ni los  más presentes y menos los más amistosos. Una vez, me acuerdo, estornudé frente a mis 3 compañeros y ninguno fue capaz de decirme “salud”… qué hice? Me fui al baño a llorar, me miraba al espejo con lágrimas en los ojos y me decía a mí misma: «Vos te merecés que te digan salud».

En mi primer trabajo administrativo, me pagaban muy bien por mi edad pero me quedaba re lejos. Tenía tres horas de viaje. De ida, tomaba combi para descansar un poco y reducir el viaje a hora y media. Cuestión: viajaba mucho, dormía poco pero tenía plata.

Ahí empecé a darme cuenta de la siguiente función que nos rige a los “clase media”: Si tenés plata, no tenés tiempo. Si tenés tiempo, no tenés plata. Por eso, nunca puedo hacer deportes de forma constante. Cuando puedo pagar las clases de tenis, no tengo tiempo para tomarlas.

Una mañana, pasó algo genial, algo que me cambió la vida para siempre. Yo entraba a las 8.30am, llegué, no había nadie… Tuve ganas de ir a hacer pis, fui y, cuando estaba por salir del baño, me di cuenta, me dio bronca no haberme dado cuenta antes, todo el tiempo que desperdicié! Y así es como comenzó mis “uncountables” siestas en baños. Dormía 10/15 minutos. Nunca más, no tenía que ser tanto tiempo como para que alguien me preguntara algo ni para que alguien sospechara. Tampoco quería que pareciera que iba a hacer la vergüenza de los oficinistas: DIARREA.

Así es como, celular en mano con alarma, me disponía a dormir una siesta cada vez que empezaba a cabecear frente al monitor.

Cada vez que entro a un trabajo, chequeo en qué posición puedo dormir en el baño. Por ejemplo, si tiene una pared cerca del inodoro, ahí apoyaré mi cabeza. Si tiene el vanitory cerca… Si no tiene nada cerca, tengo que ponerme en una posición bastante humillante que es sentarme en el piso y usar el inodoro (con la tapa baja) como almohada. Porque el sueño desconoce qué es la humillación.

Comentarios

comentarios