La primera vez que hice reír

No sé si le pasa a todo el mundo,  no creo que me pase a mí sola pero siempre recuerdo, o trato de recordar, cuándo hice reír por primera vez a determinados grupos en los que estuve, grupos laborales, de la facu, amigos, lo que sea. Siempre me acuerdo de la primera vez que los hago reír. Creo que porque amo hacer reír, amo ese momento donde noto que la gente que me escucha no puede contener la risa y esa risa me asusta, me llama la atención, me sorprende, me hace feliz.

Nunca me imaginé que algún día hacer reír sería un trabajo. Sé que lo que voy a contar a continuación no son cosas de trabajo pero me permito poner este capítulo a modo de “antecedentes laborales estandaperos”. Obviamente, OBVIAMENTE, voy a hacer la aclaración más cobarde del blog: los chistes capaz no les causen gracia pero en el contexto fueron un éxito.

Yo estudiaba sociología en una universidad privada pero todos éramos muy “públicos”, o sea… no había chetos. Una vez, entré a la facultad con una sonrisa enorme en mi cara, increpé a mis compañeros, interrumpí la charla y les dije: “Chicos, no saben! El otro día encontré una búsqueda en el diario para nosotros, decía: Se buscan estudiantes de sociología para repartidor de pizza[1]”.

Cuando trabajaba en el call center, en uno de mis primeros breaks, uno de mis compañeros dice: “Me llegó un mensaje de texto de un amigo, es un tarado, me pone: ‘Cris, hoy voy a fútbol, no tengo crédito’, y cómo me mandó el mensaje?! JAJA” y yo dije: “Respondele: ‘yo tampoco’” y todos se rieron.

En Adidas, mis primeros días conté que tenía un perro que se llama Miedito y, días siguientes, me preguntaron cómo estaba Sustito… me reí y le dije: “cómo le vas a poner a un perro Sustito, eso no es nombre de perro” y se rieron.

Un poco más oscuro es mi primer chiste en la “Organización sin fines de lucro con objetivo de buscar la igualdad educativa”, una compañera mía dice: “Che, mirá cómo se llama este docente: Julio López, me mandó un mail” y yo le dije: “Che, y por qué no le preguntas dónde está?”. Otro chiste que tuvo mucho éxito en este lugar, pero fue después de dos años de estar ahí, fue uno que dije después de ver a una compañera mía que tenía como 70 años poner la contraseña de su correo. Había puesto solo números, y muchos, como 12, 13 y le dije: “Bueno, Su, ahora sabemos que la contraseña de tu correo no es tu número de DNI, porque no debe tener tantos números”. Una forra pero ella se rió.

[1] Nunca en toda nuestra carrera encontramos una búsqueda laboral en la que pidieran sociólogos para hacer cosas “de sociólogos”.

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