Maestra pero no pobre

A los diez años le dije a mi mamá, papá y hermana que quería ser maestra. “Cuando sea grande voy a ser maestra”, así lo dije, con todas las letras y con mucha convicción. Íbamos en el auto y lo dije de la nada, cagándome en cualquier test vocacional que pudiera llegar a necesitar.

Íbamos en el auto, en el citroen 3CV de la familia. Yo estaba en el asiento de atrás cuidando de no salpicarme en las bocacalles porque los guardabarros estaban oxidados y dejaban entrar el agua sucia.

Mi hermana se me quedó mirando un rato y yo trataba de descubrir en su mirada si me admiraba porque, siendo yo la menor, ya tenía resuelto qué quería  ser de grande o porque pensaba que era una pelotuda. Quería que me dijera qué estaba pensando, necesitaba su aprobación, no sé por qué pero la necesitaba. Y ella me dijo: “Maestra? Te vas a cagar de hambre”, con una simpleza… con una liviandad… como si desconociera que con esa afirmación hacía añicos mi ilusión, mi vocación y mis no ganas de hacer un test vocacional. ¿Cómo? ¿Cómo que me iba a cagar de hambre siendo maestra? Si mi maestra era re gorda, cómo podía ser? Igual, le creí.

Y así como ella me miraba a mí, yo me quedé mirando la ventana, buscando ahí una respuesta y la encontré. Era tan sencillo. A quién se le ocurría poder vivir de trabajar de una sola cosa, era obvio.

“Cuando sea grande voy a ser maestra. Y además, voy a tener un kiosquito.”

Y ahí es cuando empecé a entender que trabajar era un medio de vida.

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